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Una y otra vez, cada vez que intenta cerrar un trato con alguien, parece que la persona al darse la vuelta le clavará un puñal por la espalda

Solución: la huella para esta situación está plantada en la mente por una actitud muy específica hacia los demás. Cuando vemos que alguien fracasa en su actividad, sea un compañero de trabajo que por accidente se volcó un café encima o un competidor que perdió algunos millones de dólares en una quiebra de algún cliente, tenemos ese sentimiento íntimo de pequeña satisfacción o suficiencia por el problema de esa persona. Esta especial rareza de la mente humana es tan común que los antiguos libros del Tibet la incluyen en la lista de las diez primeras aflicciones mentales. Parece que tenemos la costumbre de experimentar un interés poco saludable en las aflicciones ajenas y, en el peor de los casos, podemos observarlo en la obsesión del público con los problemas de los famosos.

Para evitar esta huella, trate de compartir el sentimiento de la persona que tiene el problema, aunque sea un competidor. Es mucho mejor tener una competencia amigable entre empresas creativas y con empuje, que juegan limpio entre si –donde los presidentes de las respectivas firmas, incluso, quizás salgan a cenar juntos de vez en cuando- que reírse del que está caído. También recuerde la máxima: “Sea bueno con la gente cuando usted esté ascendiendo, porque talvez vuelva a encontrarla cuando caiga”.

Este es un consejo para los inteligentes, en especial para los ejecutivos más jóvenes: respeten a todos, ya sean otros gerentes colegas, el empleado de menor nivel jerárquico o el más feroz de los competidores. He visto como decenas de ejecutivos, literalmente, terminaron trabajando bajo las órdenes de la misma gente a la que solía atormentar cuando eran ellos los que mandaban; ya puede imaginar cuál era el trato que recibían.